Historias de un Jugador en Madrid (Capítulo V)

Así pues llegué a la habitación y ella se estaba bajando y quitando los pantalones. Mientras lo hacía comentó de nuevo que al día siguiente -al levantarnos- me llevaría al hotel. También me dijo que su compañera de piso se iba a las ocho de la mañana hacia Córdoba... no obstante yo le dije que a las siete y media tenía que estar en el Hotel; ese día todavía había partida, y a las ocho salía el autocar que nos llevaba a la sala de juego. Además estaba preocupado por mi equipo (Quizás habían tenido problemas con el gordo), y quizás ellos estaban preocupados por mi.

Mientras hablábamos esto ella ya se había quedado en ropa interior -aunque se puso una camiseta ancha- se había metido en su cama - una cama pequeña, individual- y había dejado vacía la mitad: correspondía a mi sitio. Instantáneamente cerró los ojos esperando a que me reuniese con ella.

Allí estaba yo, en la alcoba de una chica a la que no conocía, y dispuesto a pasar la noche con ella. Mientras divagaba en estos pensamientos me apresuré a desnudarme y acostarme. Comencé a hacerlo y le eché una mirada a mi chica: se hacía la dormida. De repente comenzó a invadirme un pequeño temor que se fue acrecentando por momentos: todo el mundo ha oído hablar de hombres que han sido seducidos por una mujer y han sido encontrados al día siguiente sabe Dios como. Hice oídos sordos a mi conciencia.

Una vez preparado fui hacia la cama y me metí bajo la manta. ella seguía haciéndose la dormida, aunque bien mirado, parecía que realmente estaba dormida. Nos hallamos tumbados frente con frente. Me pasé muchísimo tiempo acariciando su cara: era preciosa. Pero ella parecía estar profundamente dormida.

Veía muy extraño que me hubiese invitado a su cama sólo para DORMIR. No sabía bien qué debía hacer, si rendirme al sueño o insistir en despertarla. Mi mente enferma aprovechó la ocasión para desarrollar un análisis de la situación.

Finalmente, mientras le acariciaba la cara, decidí que no debía despertarla y que podría quedarme un rato. Así pues le pasé mi mano izquierda por encima de su cuerpo y me quedé dormido, no sin antes mentalizarme para despertarme pronto.

Me sorprendí a mi mismo cuando desperté a las 7:00 de la mañana (habían pasado escasamente dos horas), pero parecía que hubiese dormido todo el día. Al despertar estaba mirando hacia arriba. Ella continuaba durmiendo y yo podía sentir el calor que desprendía su mano derecha, apoyada comodamente sobre mi pecho.

Decidí, ahora sí, despertarla para avisarle que me iba a ir. Primero intenté hacerlo a base de caricias, después llamándola, pero finalmente tuve que moverla un poco con pequeñas sacudidas. En aquellos momentos abrió los ojos. Durante una décima de segundo su rostro revelaba que no esperaba a ningún chico a su lado. Instantáneamente recordó todo... pero el sueño era intenso y estaba sucumbiendo de nuevo. Aproveché aquellos momentos para decirle "Me voy a ir", y ella - más dormida que despierta - consiguió articular algo que interpreté como un "Vale".

Así pues me levanté de la cama y comencé a vestirme. Cuando ya estaba listo me senté en la cama y la volví a despertar. Miré el reloj: eran las siete y veinte. Volví a mirarla: se había vuelto a dormir. La redesperté.

- Bueno, pues yo me voy: acompañame a la puerta...
- Hmm (me dijo algo mezclado con un bostezo).
- Venga, va...
- Si está ahi.... (de nuevo intentaba dormirse)
- Venga, acompañame, que me puedo meter por equivocación en la habitación de tu compañera.
- ¡Pues da igual!
- Pues no estaba mal la compañera - bromee internamente.
- Va, que si no no me voy.
- ¡Eres más pesado que los niños de la escuela! - dijo mientras por primera vez en aquella conversación me dedicaba una gran sonrisa.

Finalmente se levantó y descalza, tal y como estaba, me acompañó hasta la puerta. Allí me dijo que veía difícil que fuera a verme más tarde: estaba muy cansada. Yo lo comprendí. Además ya me conformaba con un final así.

Nos besamos para despedirnos, y mientras lo hacía sabía que no nos íbamos a volver a ver... Al momento ya estaba en la calle, al amparo de un "nuevo" día, que me recibió lloviendo

Historias de un Jugador en Madrid (Capítulo IV)

Una vez en el taxi ella seguía asustada. Lo primero que me dijo es que no llevaba ni un duro encima. Yo le dije que no pasaba nada, lo importante es que estabamos sanos y salvos. Ella fue guiando al taxista hasta su casa. Casualmente estaba relativamente cerca del Hotel Principe Pio en el que me hospedaba (o al menos eso es lo que me dijo). Me explicó que tenía coche y que me llevaría al Hotel.

Finalmente llegamos al final del trayecto, pagué y bajamos del taxi. Yo había pensado ir a algún tipo de parque cercano para acabar de despedirnos (o en todo caso para quedar el día siguiente). El caso es que ella se dirigió directamente al portal de su casa. Yo supuse que bajaría con las llaves del coche, pero se giró y me indicó que la acompañara. Eran las 4:30 de la mañana del domingo 11 de mayo de 1996. Subimos dos plantas, llegamos delante de una puerta y apretó el timbre.

¡Me quedé de piedra! ¿Cómo se puede picar al timbre a las 4 de la mañana? Además, ahora saldrían sus padres y tendría que explicarles todo lo sucedido... era una situación muy violenta para mi. Ella vio mi cara de sorpresa y me dijo, encogiéndose de hombros, que no se había acordado de coger las llaves. Volvió a picar.

Al poco tiempo se abrió la puerta, y tras ella había una chica rubia. Llevaba, básicamente, una camiseta. Evidentemente la habíamos despertado. Yo estaba preparado para una montaña de preguntas y recriminaciones, pero ella simplemente miró a su compañera, me miró a mi, y volvió a su habitación dejando la puerta abierta. No articuló ni media palabra.

Mi chica me comentó que las dos compartían aquel piso. Entramos dentro y pude comprobar el gran DESORDEN existente por todas partes. Me hizo entrar al supuesto comedor o "hall". Encendió las luces y acciónó el botón de un aparato que resultó ser un contestador automático. Escuchó varios mensajes y posteriormente volvió a apagarlo. Comentó que tenía hambre y se dirigió a la cocina (era la habitación más cercana al comedor), entramos y pude comprobar que el grado de desorden aumentaba exponencialmente.

Me preguntó si tenía hambre, y le dije que un poco (pensando que quizás me daría un trozo de salchichón...). Abrió la nevera y pude comprobar que estaba realmente vacía: sólo había algo de leche, tomates, huevos y no se qué más... Se me ocurrió comentar que podría hacerse un huevo frito -pensando que sonreiría diciéndome ¡ Sí, hombre! ¡ A las cinco de la mañana!-; no obstante cogió un par de huevos de la nevera y dijo VALE!, y añadió: bueno hazlos tú mismo, uno para cada uno!. Estaba condenado a comer huevo aquella noche.

Allí estaba yo, en la cocina de una desconocida y friendo un par de huevos fritos. Mientras lo hacía ella iba preparando cosas: sacó dos platos, cogió dos servilletas y de repente advirtió que ¡no había pan!. - No importa - pensé entre mi - ya nos apañaremos.

Mientras hacía todo esto, ella tarareaba parte del estribillo de una canción que decía algo así: "...Siete crisantemos en el cementerio...". Al instante identifiqué una canción muy poco conocida de Joaquin Sabina. ¡¡ INCREIBLE !! ¡¡ le debía gustar casi tanto como a mi para tararear esa canción en un momento como ese !!

Acabé de hacer los huevos y puse cada uno en un plato diferente. Justo entonces dijo que tampoco había cubiertos... Bueno, ahora sí que no sabía como narices me iba a comer el huevo (que por otro lado tampoco me apetecía). Ella cortó un tomate enorme por la mitad y puso un trozo en cada plato; a continuación nos fuimos al comedor y quitamos cosas de la mesa y del sofá para hacernos sitio.

Ella se sentó en el sofá, y yo podía esoger entre sentarme en una silla enfrente (estaba el camino despejado) o junto a ella en el sofá (para ello tenía que mover de sitio cosas que estaban por medio). Decidí apartar las cosas y así ganar tiempo para ver cómo narices se iba a comer el huevo frito sin cubiertos y sin pan.

Observé y copié exactamente lo que hacía: mojaba el tomate en la yema del huevo, y le iba pegando mordiscos (al parecer el objetivo era que el tomate absorbiera todo el líquido de la yema de huevo). Sinceramente aquello estaba buenísimo. Tomo nota para comerlo en casa.

Cuando ella acabó con todo su tomate a mi todavía me quedaba algún trozo. Ahora estaba intrigado por saber cómo narices se iba a comer la clara sin cubiertos... Fácil!! Con los dedos!!. Esta si que resultó ser una experiencia un tanto desagradable, ir cortando trocitos de clara con los dedos, pringándose éstos del abundante aceite que había en el plato.... ¡¡Menuda cena romántica!!

Mientras comíamos sucedió algo increíble y casi cómico... no se cómo me dijo - ¿Cómo habías dicho que te llamabas? - Increíblemente no me había dado cuenta hasta entonces que no sabía como se llamaba ella. Le dije que me llamaba Juan y ella que se llamaba Mª José (o al menos eso creo). Para ser sincero he de decir que este nombre no me gusta, así que prefiero referirme a ella como "la chica".

A continuación llevamos los platos a la cocina y los dejé, siguiendo sus instrucciones, "por ahí, en cualquier sitio". Mientras yo acababa de dejar las cosas y apagaba la luz ella fue hacia una habitación que había en la otra punta del pasillo... mientras iba andando pude oir que decía - Mañana te llevaré en coche al hotel -.

Aquello me pilló desprevenido. Por extraño que parezca no me había planteado pasar la noche en aquella casa. Aunque bien mirado... ¿qué tenía de malo?

Historias de un Jugador en Madrid (Capítulo III)

La chica se puso a hablar con otro - supuse que ya lo conocía -, yo esperé pacientemente y al poco rato ya estaba bailando otra vez enfrente mio. Comencé a preguntarle otra vez sobre el gordo aquel... cuando de repente el 'diskjockey' anunció que cerrarían en 15 minutos y ponía una canción lenta que me venía de perlas.

En aquellos momentos le pregunté si quería bailar; ella me dijo que sí. La cogí de la cintura, ella se apoyó en mis hombros y comenzamos a bailar (allí recordé los problemas que tengo para bailar lentas). Ella me dijo no se qué trivialidad y yo aproveché para darle un beso. Fue un beso decidido, sin complejos, que ya se adivinaba desde hacía tiempo. Un beso, no obstante, prudente y ligeramente corto para mi gusto, aunque no por ello menos gratificante.

Ella me rodeó el cuello con sus brazos y seguimos bailando, muy juntos, mejilla contra mejilla. Era una experiencia realmente agradable. En un segundo fui capaz de olvidar todo aquello que me rodeaba y volver a sentir que podía tocar el cielo... Realmente no se por qué aquellos momentos me impactaron tanto: quizás era la primera vez que había verdadera "magia" entre una chica y yo; aunque no nos engañemos: siempre pienso que hay verdadera magia... quizás sólo es una consecuencia de mi "mente enferma"... De todas formas pienso que es poco importante saber el por qué de estas cosas: simplemente hay que vivirlas, sentirlas, disfrutarlas y recordarlas.

La canción duró eternamente, pero pronto llegó a su fin. Nos separamos y en esos momentos me preguntaba qué iba a pasar con nosotros ahora... No dio tiempo a pensar más: los acontecimientos se fueron precipitando a un ritmo vertiginoso.

El gordo cogío a la chica, la apartó un poco de mi y se puso a hablar con ella... Comencé a intuir que aquella noche habría problemas. Me dirigí hacia mi equipo y les comenté la situación: estaban conmigo. A continuación me dirigí hacia mi chica.

Hacía un segundo que el gordo había terminado de hablar con ella y se estaba alejando de la zona de baile. Le pregunté (a ella) por la conversación que acababan de tener, pero estaba casi llorando y no me quería decir nada... La cogí por las mangas del jersey que llevaba anudado a la cintura y la atraje hacia mi; insistí en mi pregunta. Ella comenzó a explicarme alguna de las cosas que el gordo le había dicho:

"¿Es que te enrollas con el primero que pasa?"
"¡Pero si es un crío!"

y la más preocupante:
"Lo voy a matar como siga contigo" (o algo por el estilo)

Yo, sinceramente, estaba acojonado. Sabía que tenía al equipo conmigo, pero no sabía a quien tenía el gordo. Durante una décima de segundo mi instinto de supervivencia me hizo pensar que no merecía la pena pelearse, pero reaccioné instantáneamente: no podía dejar tirada de esta forma a mi chica - aunque no la conociese de nada-.

Cuando volví a la realidad de nuevo estaba el gordo hablando con ella. Esta situación tenía que acabar. Me acerqué decidido y la cogí por la cintura. El gordo dejó de hablar y me miró. Era la primera vez que estábamos frente con frente. El tío impresionaba bastante: en altura no me sacaba demasiado, pero en anchura y corpulencia me destrozaba... sabía - o más bien intuía - que al primer guantazo me dejaba KO. No obstante mantuve mi brazo derecho alrededor de la cintura de la chica.

De repente el gordo la agarró por el brazo y me dijo:
- Se viene conmigo.
- ¿Por qué? - repliqué. No se me ocurrió nada más original.
- Porque es mi hermana -. Tardé medio segundo en darme cuenta que era mentira... tenía que contestar y rápido...
- ¿Estas seguro? -. No era una pregunta muy inteligente... desde el momento que empecé a plantearla intenté pensar como seguir a la senzilla respuesta SI.
- Y si no lo es da igual... se viene conmigo. - Esta respuesta parecía convincente.

No pude replicar a esta última contestación. Se fue hacia la salida con ella cogida por el brazo. La pobre estaba muy asustada. No decía nada. Rápidamente hice un gesto a mi equipo y me dirigí hacia la salida. Por suerte el gordo se quedó en la barra (estaba al lado izquierdo del pasillo que conducía a la salida). Avancé hasta su posición - sabiendo que el resto del equipo venía justamente detrás- y de nuevo todo pasó muy rápido:

Al tiempo que yo llegaba a su altura ella se zafó del brazo del gordo, me agarró la mano - estaba llorando- e hizo ademán de comenzar a correr hacia la salida. Yo pude observar que en el instante en que ella me cogía la mano el gordo no había reaccionado, y el equipo - que a lo ancho ocupaba el pasillo- formaba una pequeña barrera. Así pues sabía que tenía algunos segundos de margen y no dejé que ella tirara de mi corriendo. Simplemente nos dirigimos a la salida a paso muy rápido: quería salir dignamente.

Si nos íbamos a encarar lo mejor era hacerlo en la puerta, ya que había un segurata. Es más, mi primera intención era quedarme en la puerta hasta que pudiese coger un taxi o algo así. Estaba de suerte. Justo salir del antro vi un taxi a 10 metros. Comencé a correr hacia el taxi -ella seguía agarrada a mi mano - y llegamos justo antes de que se fuera. Nos subimos rápidamente, giré la cabeza y comprobé que todavía no había salido el gordo (ni siquiera había nadie del equipo). El taxi arrancó. Por ahora estábamos salvados.

Memorias de un Jugador en Madrid (Capítulo II)

Bailaba sola, impregnándose de la música y disfrutando del momento. Se miraba frecuentemente a uno de los espejos y yo intuía de alguna manera que me miraba a mi.

El equipo también advirtió la presencia de la chica y mi interés por ella. Alguno de ellos me animaba a que atacara, pero yo solo trataba de adivinar que pintaba el "gordo" en todo aquello.
De pronto el tipo gordo y la chica abandonaron la zona de baile. Evidentemente había algo entre aquellos dos, la chica ni siquiera me había visto, y mi mente enferma había vuelto a jugarme una mala pasada. NO IMPORTA. En el fondo sabía que aquella chica nunca querría nada conmigo...
La noche seguía y bebí mi segunda consumición. De nuevo cerraba el grupo que conformaba el todopoderoso equipo de la UPC.

Ella volvió. Volvió sola. Se sentó en una de las esquinas de la zona de baile. Estaba a menos de dos metros de mi. Sabía que aquella era mi oportunidad. Me acerqué bailando hasta su posición y, con un movimiento del brazo derecho le animé a que saliera a bailar.

Sus ojos me respondieron. No acabé de entender si me decían que estaba cansada o bien que yo debía insistir. En cualquier caso repetí el gesto. Ella se levantó, me dedicó una sonrisa y comenzó a disfrutar de nuevo con la música.

Era el momento de actuar, y rápido. Me acerqué a su oído y le pregunté directamente si el "gordo" era su novio; ella hizo una mueca peculiar: dijo no con la cabeza mientras me brindaba una media sonrisa y arrugaba la nariz denotando asquedad.

Aquel insignificante gesto me abría las puertas para continuar la conversación. La chica seguía bailando cerca mio. No dejé que pasaran ni dos segundos antes de preguntarle cosas: quería saberlo todo sobre ella. El ser de fuera me daba ventajas para poder mantener una conversación interesante y entretenida. Mi primera pregunta era obvia.
- Eres de aquí de Madrid?
- No, soy de Córdoba.
- Estás de vacaciones?
- No, llevo viviendo aquí unos meses...tu no eres de Madrid?
- ¡¡Que va!!! ¿A que no adivinas de donde soy?
- Hmm (seguido de un encogerse de hombros y de una sonrisa prometedora).
- De Barcelona (y dicho esto hice una cara de asco - adornada con una sonrisa- como diciendo: seguro que estás pensando: Vaya, y parecía buen chaval!)
- ¿Y qué haces aquí?
- Soy el delegado de mi Universidad para los Campeonatos de España Universitario de... ajedrez (De nuevo mi cara de asco!)
- (Ella sonreía sorprendida ante esta respuesta)
- ¿Qué estas estudiando? - pregunté yo-.
- No, no estudio. Soy profesora en una granja-escuela-. Gota de sudor mental...debe ser mayor de lo que pensaba. Mejor no preguntar la edad.
- ¿Has venido sola?
- Sí, bueno, con una amiga del trabajo que está por ahí con un chico.
- ¿Y aquel tío también lo conoces? - dije en clara alusión al gordo.
- ¡¡Que va!!, a ese no lo conozco. Y es muy pesado; me ha invitado a un par de chupitos...


Creo que fue en esos momentos cuando el tipo comenzó de nuevo a hablar con ella. Yo esperaba pacientemente a que acabasen... al momento ella se dirigió hacia mi y me dijo...

- Mira, me voy un momento a invitarle a un chupito...Al unísono (ella y yo) - No si si decirte que esperes && ¿Vas a volver? Repito - ¿Vas a volver?
- Sí, sí, ahora vendré... si quieres espe..
- Claro, mujer, yo te espero.

Y se fue con él hacia la barra... en esos momentos ya sabía que lo tenía que bordar (si es que volvía). Estaba realmente feliz y bailaba igualmente sólo (de hecho no había dejado de bailar en toda la noche). De vez en cuando echaba miradas fugaces a componentes de mi equipo y ellos me miraban un poco sorprendidos sin saber bien qué pasaba: me habían visto hablar largamente con la chica y ahora se iba con el otro. Pero esta espera no duró casi nada... al momento volvía ella con él.

Memorias de un Jugador en Madrid (Capítulo I)

Madrid, 1996. Un año más la todopoderosa selección de la UPC de ajedrez capitaneados por su delegado, un servidor, y vigilados desde la distancia por el 'Cap del Servei d´Esports' de la Universidad se disponian a aprovechar su última noche de estancia en la Capital.

El torneo había dejado de tener importancia tras el desastroso resultado de la ronda anterior... La UPC ya no tenía posibilidades de quedar en los primeros puestos, y los componentes del equipo debían resignarse, y así pues salir y disfrutar de la noche madrileña.

Decidimos por mayoría cenar en algún sitio diferente... una pizzería! Pedimos alguna referencia al recepcionista del hotel y acabamos en un restaurante muy "chic" en plena Plaza de España.
Tras una cena "ligera" llena de recuerdos hacia personas poco deportivas del ajedrez catalán, abandonamos aquel lugar y nos dispusimos a disfrutar de la noche, una noche cerrada, casi sin luna, pero iluminada sobradamente.

Atravesamos un parque - del que sinceramente no recuerdo el nombre - pasando cerca de un reducido grupo de Skins... La sorpresa se produjo al comprobar que el parque no tenía ninguna otra salida efectiva abierta... Allí se debió tomar la primera decisión: volver a la entrada/salida (con lo que teníamos que volver a pasar por el grupo de Skins) o encontrar una solución alternativa: saltar la valla. Nos armamos de valor y decidimos enfrentarnos al destino: el equipo estaba unido y, gracias a Dios, nadie se hizo daño al saltar la valla.

Fuimos caminando por las calles de Madrid atravesando la Puerta del Sol y otros sitios emblemáticos de la Capital. Lamentablemente no pude apreciar la belleza arquitectónica y urbanística de la ciudad debido a que el sol había quemado ligeramente mi nariz, y un contacto continuo con las gafas podría ocasionarme una dudosa molestia de consecuencias poco predecibles.

Acabamos en un pequeño bar donde se contaron algunos chistes, se bebieron algunas cervezas (el delegado siempre cubata) y se hizo un bote de 2.000 pts. por persona para pasar el resto de la noche. Abandonamos rápidamente el local y tanteamos diversos lugares para decidir donde acabar nuestra pequeña odisea. Tras pedir consejo a expertos conocedores de la zona, decidimos quedarnos en una pequeña discoteca con 'Happy Hour' durante toda la noche.

El lugar parecía una "pipe" gigantesca, con la barra a la derecha, que desembocaba en una zona de baile circular forrada de espejos para simular un exceso de amplitud. La Selección comenzó tomando su primera consumición y rápidamente accedió a la zona de baile. Pronto nos dimos cuenta del engaño de los espejos, y pudimos comprobar que la presencia femenina tendía hacia los peligrosísimos porcentajes de la FIB. Además todas las chicas parecían tener alguna especie de acompañante...

Pero había una diferente, era sin duda la que estaba más buena - o al menos la que más le gustaba al delegado -, y podía apostar que ignoraba en lo posible a su supuesta "pareja" (un tipo gordo y pesado). La chica era de media estatura, guapa de cara, pelo moreno (natural) y ligeramente rizado; vestía sencillamente: unos tejanos corrientes y una camiseta de manga corta. En la cintura llevaba anudado un jersey que la protegería del frío madrileño.

Quizás por todo

Era un día agotador, había corrido quilómetros y quilómetros con la bicicleta, y ya, camino de casa, se concentraron pequeños nubarrones que descargaron toda su furia con una lluvia que no cesaba. Una niebla aglutinada descendía vertiginosamente la ladera de la montaña, ocultando altos logros ya conseguidos. El muchacho paró.

El Viento, el Trueno, y el tintineo ensordecedor de las miles de gotas que castigaban por doquier conformaban la Melodía; pero él no podía, no quería enterarse.

Sus ropas sudadas absorbían agua hasta extremos insospechables. El muchacho sonrió amargamente; era parte de la Melodía.

El espectáculo no cesaba, incluso semejaba incrementarse, aun no siendo físicamente posible... Mientras tanto él yacía instintivamente acurrucado bajo un árbol, quizás soñando una utópica protección.

Su rostro aparecía pálido, entumecido por lágrimas, y cubierto parcialmente por unas manos temblorosas que anunciaban su derrota.

El tiempo corría, rítmico e inexorable, al igual que la Melodía; el "no es posible" reberberaba ociosamente en la mente del muchacho.

-Hubo un tiempo en el que formaba parte de todo aquello, conformábamos un algo... pero todo ha acabado; ahora ni siquiera comprendo la Melodía-.

La noche llegó y sorprendío a un muchacho exhausto y sin sentido, en aquel lugar prohibido, mientras todas las fuerzas cesaban, poco a poco, su ataque mortal.

La mañana vino con la conciencia del chico, en cuyo rostro asustado se dibujaba la peor de las pesadillas... Pero el cielo era, ahora, de un azul intenso, y el sol, deslumbrante, intentaba asomarse por encima del mar de nubes que escondía el profundo barranco abierto ante sus pies.

El espectáculo era increíble, no acababa de comprender bien lo que pasaba, sus ojos se cegaron y una fuerza desconocida, quizás una Fuerza Melódica, le invitaba a sumergirse en aquel infinito...

-Quería ser parte de aquello, quería entenderlo todo, quería el saber absoluto-.

Arrastrado por ese pensamiento el dolorido muchacho se lanzó decidido, pero casi sin fuerzas, al mar espumoso; y mientras descendía vertiginosamente podía escuchar, y quizás comprender, algo semejante a un zumbido Melódico, que le hacía olvidar su vieja bicicleta, abandonada.